SEQUÍA

Mayo 3, 2009 por cleliavuela

Elisa sólo quería hacer el amor cuando llovía. Por eso pasaba los veranos sediento de ella e imaginando borrascas instaladas sobre la Cordillera Cantábrica durante meses.

Me volví adicto a los pronósticos del tiempo y alérgico a los anticiclones.

Cuando el sol se clavaba en el cielo, Elisa se resecaba. Su piel tomaba un tono amarillento y le costaba caminar erguida. Por más que intentara acercarme a ella con caricias, susurros al oído y regalos sorpresa, nada la sacaba de su apatía. “Ay, déjame, no me apetece”, “me encuentro mal, Ernesto, no seas pesado”, “no te me arrimes tanto que me das calor”, era el seco lenguaje que empleaba conmigo.

Intenté de todo para solucionar el problema. Un mes de vacaciones en Londres con un tiempo de perros la desinhibieron hasta el punto de que casi nos echan del hotel. Enlazada a mí constantemente, era otra, viva, suave, insistente. Pero al regresar, la magia de la lluvia se quedó allí.

También acudimos a un psicólogo. Medio año excavando en el inconsciente. Los progresos, sin embargo, se redujeron a una masturbación un día de veinticinco grados a la sombra. Cuando todo acabó, ella se sentía culpable y herida. No lo volvimos a repetir.

Hace un mes que no llueve y estoy empapado de sequía. Anoche soñé con el diluvio universal. Elisa y yo recluidos en el Arca de Noé y rodeados de unos cuantos bichos que, la verdad, no molestan demasiado. Lo único importante es que llueve, llueve sin cesar, tormentosamente, a raudales. Las nubes se han solidificado en un espeso techo gris del que no deja de manar agua y Elisa y yo dejamos que todos los animales se mueran de hambre porque vivimos exclusivamente entregados a nuestros juegos sexuales.

Sin embargo, el cielo es de un azul intenso que resquema. Hiervo. Le he dicho a Elisa que no puedo más y hemos decidido separarnos. Regreso a casa de mi madre, al “ya te lo decía, Ernesto, ya te lo decía”. El tiempo pasa y sigo pendiente de los pronósticos meteorológicos. Y paso las horas mirando el barómetro que cuelga en el salón, sobresaltándome con la más leve oscilación.

Hace poco he conocido a Clara. Hermosa, tranquila e inteligente. Sexualmente, normal. Sin embargo, sólo soy capaz de hacer el amor cuando llueve, como si con cada gota de lluvia, Elisa viniera sobre mí…

LA CAJA DE MÚSICA

Mayo 3, 2009 por cleliavuela

Lo mejor sería ir a por el destornillador. Cristina no dejaba de abrir la caja de música esperando un milagro. Me taladraba con miradas tan silenciosas como la caja, pero tremendamente elocuentes: “sálvala, Jorge, sálvala”. La caja era un regalo de Joaquín, su primer novio, y para ella valía más que todas las joyas que yo le había regalado en tres años. Por eso desde que había dejado de funcionar hacía una semana, estaba desolada.

Fui a buscar el destornillador y Cristina sonrió. Mientras sacaba la herramienta del cajón, tropecé con el muelle que le había extraído al motor de la caja de música y que ocultaba envuelto en papel de periódico. Tenía que tirarlo a la basura ya…

EL TERCERO

Febrero 22, 2009 por cleliavuela

Ella me implora. Ya no tiene dignidad desde hace tiempo. Sólo el carmín desbocado en la cara.

No debí darle nada la primera vez.

Desde entonces, no puedo librarme de esa mendiga. Me sigue a todas partes.

En la estación de autobuses es como Luna, aquella perra que iba a buscarme al colegio de niño. A la puerta del supermercado es una cámara que me tantea por si estuviera robando algo. Cuando voy por el periódico, me acusa como si ese atentado en primera página fuera responsabilidad mía. Y ella la muerta.

Siempre está ahí… Mire a donde mire.

Ahora siento vergüenza; se ha quedado parada ante mí, a medio metro de distancia. Su mueca es un “¿va a ser ahora al fin?”. Cerca, alguien nos observa y cuchichea, como si ella y yo pudiéramos ser amigos. Bajo la cara.

Ahora me apetece golpearla. Se ha sentado a mi lado, pegada a mí, puedo olerla. Me escupe su cercanía.

Ahora deseo protegerla; está más flaca; los ojos, hundidos. Le han menguado los pechos y no implora tanto. Sus nalgas (le miro las nalgas de reojo) se diluyen en esa falda rota.

Ahora quiero esconderme. Me acompaña Ana. Temo que se lo cuente, que le cuente cómo la primera vez que me pidió algo, acabamos en la vieja estación del tren, follando como si el mundo fuera a acabarse en un segundo.

Un polvo. Supe que se llamaba María. Otro polvo. Supe que era ecuatoriana. Un tercero. Supe que podía enamorarme de ella. Y entonces, huí…

Hello world!

Febrero 20, 2009 por cleliavuela

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