Elisa sólo quería hacer el amor cuando llovía. Por eso pasaba los veranos sediento de ella e imaginando borrascas instaladas sobre la Cordillera Cantábrica durante meses.
Me volví adicto a los pronósticos del tiempo y alérgico a los anticiclones.
Cuando el sol se clavaba en el cielo, Elisa se resecaba. Su piel tomaba un tono amarillento y le costaba caminar erguida. Por más que intentara acercarme a ella con caricias, susurros al oído y regalos sorpresa, nada la sacaba de su apatía. “Ay, déjame, no me apetece”, “me encuentro mal, Ernesto, no seas pesado”, “no te me arrimes tanto que me das calor”, era el seco lenguaje que empleaba conmigo.
Intenté de todo para solucionar el problema. Un mes de vacaciones en Londres con un tiempo de perros la desinhibieron hasta el punto de que casi nos echan del hotel. Enlazada a mí constantemente, era otra, viva, suave, insistente. Pero al regresar, la magia de la lluvia se quedó allí.
También acudimos a un psicólogo. Medio año excavando en el inconsciente. Los progresos, sin embargo, se redujeron a una masturbación un día de veinticinco grados a la sombra. Cuando todo acabó, ella se sentía culpable y herida. No lo volvimos a repetir.
Hace un mes que no llueve y estoy empapado de sequía. Anoche soñé con el diluvio universal. Elisa y yo recluidos en el Arca de Noé y rodeados de unos cuantos bichos que, la verdad, no molestan demasiado. Lo único importante es que llueve, llueve sin cesar, tormentosamente, a raudales. Las nubes se han solidificado en un espeso techo gris del que no deja de manar agua y Elisa y yo dejamos que todos los animales se mueran de hambre porque vivimos exclusivamente entregados a nuestros juegos sexuales.
Sin embargo, el cielo es de un azul intenso que resquema. Hiervo. Le he dicho a Elisa que no puedo más y hemos decidido separarnos. Regreso a casa de mi madre, al “ya te lo decía, Ernesto, ya te lo decía”. El tiempo pasa y sigo pendiente de los pronósticos meteorológicos. Y paso las horas mirando el barómetro que cuelga en el salón, sobresaltándome con la más leve oscilación.
Hace poco he conocido a Clara. Hermosa, tranquila e inteligente. Sexualmente, normal. Sin embargo, sólo soy capaz de hacer el amor cuando llueve, como si con cada gota de lluvia, Elisa viniera sobre mí…